Tuesday, May 23, 2006

LIDIANDO CON FAULKNER

HUMO, de "Gambito de caballo"

El placer de la relectura -como lo he sostenido otras ocasiones-, se da por obra y gracia del olvido.

Para los que no conocen este libro, todos los cuentos que lo componen tienen como protagonista a Gavin Stevens, fiscal de distrito, que a veces aparece como joven abogado, otras como solterón irredento y otras ya entrando en años. También aparece, como escolta perpetua su sobrino Chick Mallison. A veces este es quien narra la trama, en otras -precisamente en "Gambito de caballo"- el narrador lo usa como excusa para alejarse un poco del protagonista principal, el tío Gavin.

La narración transcurre siempre muy fluida, plena de circunvoluciones que afortunadamente no distraen la trama, pero realmente nunca me había dado cuenta plena de esta notable estrategia en la que el narrador omnisciente prefiere ver a su protagonista a través de los ojos de un segundón:

"... entraron y se detuvieron, sonrosados, jóvenes, delicados, vistiendo ropas costosas, ateridos por el frío de la noche de diciembre. El tío de Charles se levantó.
-Miss Harris, Mister Harris -dijo-. Pero como ya han entrado, no puedo invitarlos...
-Usted es Stevens -dijo el muchacho. No formuló una pregunta, sino que mencionó el hecho, simplemente.
-Correcto en parte -dijo su tío-. Pero dejemos eso...
Su tío había dado uno o dos pasos hacia ellos. Ahora se detuvo, en medio de la habitación...
... Comprendo -observó el tío... y luego el tío miró a la hermana...


Naturalmente estos extractos son incomprensible si no leemos el cuento en forma íntegra y corrida. Pero quiero dedicarme a HUMO; cuento narrado en primera persona por un sujeto que prefiere construir las oraciones en primera persona del plural, como si fuese el pensar unánime de un pueblo, del cual el narrador se ha erigido en representante:

"Anselm Holland llegó a jefferson hace muchos años. De dónde, nadie lo sabía. Pero era joven entonces, y un hombre de variados recursos, porque antes de que hubieran trnscurrido tres años estaba casado con la única hija de un hombre que poseía dos mil acres de las mejores tierras del distrito, y fue a vivir a la casade su suegro, donde dos años más tarde su mujer le dio dos hijos, y donde a los pocos años murió aquél, dejando a Holland en total posesión de la propiedad, que estaba a la sazón a nombre de su mujer. Pero aun antes del hecho, LOS DE JEFFERSON lo habíamos oído aludir, en tono algo más alto de lo conveniente, a "mi tierra, mi cosecha"; y aquellos de NOSOTROS cuyos padres y abuelos se habían criado en el lugar lo MIRÁBAMOS con cierta frialdad y recelo, como a un hombre sin escrúpulos...

A continuación el narrador cuenta pormenores de la vida de los gemelos, la muerta dela madre y delos litigios con su padre:

"Y cuando sus hijos llegaron a la edad adulta y primero el uno y luego el otro dejaron para siempre el hogar, NO NOS SORPRENDIMOS. Por fin, cuando un día, hace seis, Holland fue hallado muerto, un pie trabado en uno de los estribos del caballo ensillado que acostumbraba a cabalgar, y el cuerpo horriblemente destrozado, porque, aparentementeel animal lo había arrastrado a través del cerco de palos, y eran todavía visibles en el lomo y en los flancos del caballo, las marcas de los golpes que le había dado en unos de sus accesos de ira, NINGUNO DE NOSTROS LO LAMENTÓ, por cuanto poco tiempo atrás había cometido un acto que,para los hombres de nuestro pueblo,nuestra época y nuestras creencias, era el más imperdonable de los ultrajes..

Noten dos cosas: la primera es esa insistencia en hablar como representante de facto del "pueblo"; la otra es esa larga digresión que comienza
Por fin, cuando un día, hace seis, Holland fue hallado muerto...,
el narrador, gracias a nuestra obvia curiosidad, extiende las explicaciones de su muerte hasta concluir con un pequeño y lapidatorio remate que engloba la sicología general de esa afectada vox populi:
ninguno de nosotros lo lamentó

Esta capacidad para plantearnos una propuesta que ingeniosamente deja "colgada" en nuestra curiosidad, para luego ausentarse un buen rato sin que dejemos de observar con el rabo del ojo la propuesta "colgada" hasta finalmente volver y amablemente descolgarla, antes de proponernos otra cosa, es una de las dilataciones más curiosas y geniales que haya encontrado en Faulkner.

Otros autores como Kafka, por ejemplo, ensayan estas dilaciones con mayor audacia; lo malo es que con respecto a esa clase de propuestas "colgadas" lo más probable es que se queden así para siempre. En "Amerika", por ejemplo, el narrador nos propone, casi nos obliga a, preocuparnos vitalmente del baúl del muchacho migrante. Asistimos devotamente a los arreglos y recomendaciones de la madre contrita y aceptamos tácitamente considerarlo (al baúl) como fundamental para la vida del chico. Y resulta que finalizado el primer capítulo NUNCA más volvemos a ver el dichoso baúl, y ni el chico se muere ni se da por aludido. Pero como Faulkner no es Kafka, tenemos con él una dosis definitivamente mayor de certidumbre que con el praguense.

La narración discurre deliciosamente fluida y serena a pesar de lo áspero del tema, como si ese contrapunto fuese la dinamia de la historia. Y así, como si se tratara de un viejo relato familiar que, por viejo y distante no nos afecta y del cual podremos sacar todas las moralejas que nos venga en gana sacar, nos vamos enterando de las pequeñas biografías de los protagonistas humanos del cuento (porque también hay protagonistas no humanos: el caballo del juez Dukenfield, el testamento del occiso, la caja de resorte del juez o la inhóspita y calurosa sala de audiencias), de sus actividades laborales y hasta de las supuestas conversaciones que los protagonistas pudieran haber mantenido a lo largo del encono de sus vidas:

"Por fin un día se produjo el estallido. Probablemente de la siguiente manera:
-Crees que ahora que se ha ido tu hermano podrás quedarte simplemente, y guardártelo todo, ¿no?

El narrador, de este modo asume una faceta de chismoso y discreto divulgador de rumores; tarea que de ningún modo le parece poco honorable; al contrario, con total desparpajo presume todos los diálogos, las provocadoras preguntas de unos y las insolentes o mesuradas respuestas de otros:

"-Preferiría tener una pequeña parte de la tierra y explotarla bien, a verla como está ahora -habría respondido Virginuis...

Y nos enteramos de sus asuntos de tierras, de los impuestos prediales y de la pérfida codicia del difunto que profanara la tumba de su mujer, versus la indolente sabiduría de sus hijos, consagrados simplemente a honrar a su difunta madre. Y entonces aparece un primo de los gemelos, un personaje de bajo perfil, que el narrador coloca sin nombrar, como una especie de órgano cuya función fisiológica no es del todo clara, pero cuya inflamación puede ser severa y hasta mortal, ytambién nos enteramos de uno de los protagonistas no-humanos descritos arriba: el Testamento. Testamento que es una excelente excusa narrativa para que aparezca, igualmente de improviso el juez Dukinfiled.

El "nosotros" del relato, a través de su representante, "observan" al juez y de cómo no legaliza el testamento. Pasan los días, mientras transcurre el retrato del juez "quien había vivido lo suficiente para saber que el apremio de cualquier actividad existe tan solo en la mente de ciertos teóricos que no tienen actividades propias". Ese apremio (el nuestro de lectores "sin actividades propias") se siente agredido cuando termina laprimera parte del cuento y encuentran al juez Dukinfield con un certero balazo en la frente.

Continuará...

REALISMO Y FANTASÍA

Cuando leí "El chulla Romero y Flores" a propósito del XIV encuentro de ecuatorianistas, hube de volver a plantearme el asunto de la realidad y el realismo. En contrapunto con la fantasía. Pues descubrí, como lo habrán hecho muchos, sino todos los lectores de Jorge Icaza, que "El chulla..." es una novela fantástica. Si Jorge Icaza pretendió hacer una novela realista, pues la novela se le fue de las manos. La otra opción, que deliberadamente escribiera fantasía, me figuro que parecerá inadmisible para sus seguidores. Ahora bien, ¿cuál es el problema? Para aquellas épocas "realismo" tenía mucho que ver con VERDAD. Por lo tanto lo fantástico siempre pareció falso, como una historia previamente devaluada en la mente de los precursores y seguidores del realismo. Algunos años debieron pasar hasta que lo fantástico obtuvo patente de veracidad, mas para no alejarse de la tutoría de la realidad surgió ese nominación de "realismo fantástico".
Volviendo al chulla, la fantasía de la obra prevalece, por lo menos en tres instancias: en la mente del chulla, donde pelean o disienten o litigan los fantasmas de su madre y de su padre; y en las famosas escenas de las escapatorias, que son dos: una casera, y otra urbana. Puede que existan otros elementos de fantasía, pero no los he advertido con más claridad. Para concluir esta nota debo referirme a la verosimilitud. Esa especie de pacto que se da entre lector y obra -descrito brillantemente por Umberto Eco en "Paseos por los bosques literarios"- implica admitir un universo posible con seres y objetos anclados o desenvueltos en esa universalidad. Allí las cosas no siempre van muy bien para "El chulla...". Debo referirime a ciertos razonamientos y metáforas que difícilmente la educación del chulla pudo concebir. Cuando el chulla se dice: "Si estrangulo a la venganza que alimenta este renacer en mi rebeldía, volveré a vagar al capricho de..." Notable, fantástico, pero inverosimil. Exabruptos del realismo, o de la fantasía

Tuesday, May 09, 2006

Introducción.
Sobre el Lector Reincidente


El Lector Reincidente, como todos, es un sujeto mudable, pero muy capaz de hallar deleite, y hasta de volverse adicto a determinadas lecturas. En su adicción no repara en hechos obvios como el de su inconstancia y se imagina que es el mismo sujeto que una vez y otra lee el mismo libro; aunque, para ser justos, el LR tiene la sospecha de que ese volumen, un poco más viejo y gastado que el año anterior, con la misma cantidad de páginas, el mismo título y hasta el mismo autor, es otro cada vez que lo explora.

¿Es el LR un objetivo literario… para el autor? ¿Debería serlo? ¿O para las editoriales, o para beneficio de la cultura… o para el placer? ¿Y qué se puede hacer con él? ¿Eliminarlo, o premiarlo por su tozudez?

El objeto de este trabajo consiste en establecer si JI despliega alguna estrategia narrativa para dar con ese LR en “El chulla Romero y Flores”, y cuán útiles y eficaces han sido o puedan llegar a ser “para ejemplo y medida del porvenir” (literario). Pero antes de encarar el asunto, valdría la pena recordar que, incluso antes de l hecho creativo, JI trabaja en el supuesto de que el ejercicio narrativo es un instrumento para inducir (en la sociedad o en un solo lector) cambios de actitudes y tomas de postura que se aproximaren, por lo menos, a las suyas. Es probable que la percepción del éxito de esta original empresa de seducción hoy se vea devaluada ante la vergonzosa permanencia de las mismas condiciones de salud, trabajo, ingresos y de sub-existencia que caracterizó a la población indígena y al proletariado urbano de mediados del siglo XX –particularmente en Quito que fue mundo y época de Icaza–. Me pregunto si la relectura del texto y la gestación de ese LR contribuiría o no a ese cambio de actitudes. En todo caso, lo ineludible es que si su literatura influyó poco o nada en el mundo que le tocó vivir, influyó en cambio, y con largueza, en todo el quehacer literario del Ecuador, en sus poetas, en sus novelistas y ensayistas. Estas jornadas que nos recuerdan el centenario de su nacimiento son prueba palpable de lo profundo de su huella.


Bitácora de exploración.

“El Chulla…” es una novela relativamente corta, pero muy intensa, dividida en siete capítulos. Voy a decir que los cuatro primeros capítulos se caracterizan por un manejo parejo del ritmo narrativo. Sin embargo, esta aseveración corresponde en realidad a una especie de “promedio” temporal que extraemos luego de considerar que, ante el ritmo propio que dan los transitivos y los cambios de giro, nos topamos con incontables incrustaciones teatrales, pintorescas y funcionales, a más de bodegones, escenas costumbristas, paisajes anti-pintorescos, así como de retratos precisos y particularmente fragantes, que hacen las veces de retardadores de la velocidad narrativa. Los tres capítulos finales, en cambio, suceden en poco menos de dos días y se concentran en la vertiginosa persecución de Luis Alfonso Romero y Flores (y en la insólita complicidad de la masa lumpesca), en el alumbramiento de su hijo y posterior muerte de Rosario, su compañera. Este énfasis en el lumpen como catalizador de conciencia es un aporte, a mí entender, muy personal y debió ser polémico para Jorge Icaza dado el tratamiento ideológico que el lumpen tenía en oposición al rol del proletariado en el pensamiento marxista de entonces.


El narrador y los exploradores

En la página editorial de hace pocas semanas, la doctora Cecilia Ansaldo -una LR y exploradora confesa de “El chulla Romero y Flores”-, califica la novela como cumbre de la obra de Icaza. Y en un estudio, que aparece como introductorio de la edición de Antares, Manuel Corrales dice: “Es cierto que se trata del mejor texto elaborado de nuestro autor; pero es algo mucho más: es la punzante invitación a una empresa: la de encontrar y asumir aquello que nos constituye, aquello que somos definitivamente y no tenemos que ir a buscarlo a ninguna parte.”

Pero los exploradores como Cecilia o Manuel no consignan un hecho, mal comprendido y tal vez deplorable de sus existencias, pero fundamental para entender por qué nos sentirnos impelidos, una y otra vez, a recurrir al placer de releer el texto que hoy nos concita. Tal hecho insoslayable es el olvido… De cómo opera, ya es competencia de otros especialistas, pero el olvido será causal de reincidencias, siempre y cuando no invada la noción de lo placentero que fue lo que real y torpemente olvidamos después de ser experimentado. Ahora bien, qué dudas pueden surgir respecto de la eficacia de las estrategias icacianas para dar con estos LR (digo “dar con ellos” pues no creo que su hallazgo, o su conversión en tales, haya sido un objetivo para Icaza). ¿Cuán útiles, literariamente hablando, fueron estas estrategias a desentrañar? ¿Mantuvo el autor control sobre estos recursos o, llegado el momento los despilfarró?

Para contestar esta pregunta, hemos de formular otra que tal vez parezca necia: ¿Quién narra la historia de “El chulla?” ¿Quién más va a ser? Dirán algunos: JI.

Lo refuto con una simpleza: el Narrador. En el caso de “El chulla…” de Icaza, se trata de ese sujeto medianamente omnisciente que bien puede pasar por su alter ego, a quien le encanta contar esa historia del casi blanco, del casi cholo, y que parece aventajarlo en conocimientos y en desenvoltura al recorrer los vericuetos de esa realidad paralela donde se dan las peripecias del chulla, y a quien JI vive corrigiendo cada vez que sus conclusiones y opiniones no son de su alcance.

Digamos que Icaza, en vista de que no está entre sus planes dar con LRs, prefiere en general guiarnos sistemáticamente por el mundo que ha construido, basado en el Quito real de los 40-50. Pero puesto que el narrador tiene, por así decirlo, sus designios, entonces vemos que esta dupleta autor-narrador no es muy diáfana, entre sí se excluyen, o no resulta comunicativamente muy eficaz ni idealmente verosímil, de modo que podemos percibir en innumerables ocasiones que el autor mete candela en escenas y situaciones en las que el narrador parece un poco “quedado”; así como hay ocasiones, también, en que el narrador se le adelanta al autor, lo soslaya (o será que este prefiere mantener su perfil bajo) y de manera muy perspicua lo imita asombrosamente en tono y estilo.

Esta afirmación no es antojadiza. El narrador aparece a ratos desautorizado por una voz surgida inopinadamente envuelta en un paréntesis, o en una digresión entre guiones donde el autor de manera expresa y, a ratos, desacomedida corrige, enmienda o mejora los apuntes de su socio narrativo:

“A la noche de ese mismo día, luego de conseguir dinero vendiendo, a precio de remate lo que le dio Rosario, y después de rumiar una serie de proyectos de inusitada seriedad…
(Ni autor ni narrador hablan de esos proyectos, sólo de la emoción o pasión fallida que los recubre, entonces se da la interrupción mediante altisonancia entre guiones:)
-¿rebuscas de ingenio y de aventuras al por mayor?, poquísimo para sus próximas necesidades de padres de familia; ¿trabajo manual de indio o cholo? imposible, ¿empleo público?, tal vez-, Luis Alfonso se informó –en una tropa de chullas que mataba las horas pescando desde la esquina más concurrida de la plaza del Teatro Sucre la oportunidad de seguir a una mujer fácil o de enredarse en una borrachera imprevista y sin costo alguno- de la vacante de un empleo en un ministerio.

¿Qué consigue JI con estas inserciones, con estas interrupciones? Lamentablemente, infectar la fantasía de la historia con gérmenes de realidad innecesarios, y al hacerlo conspira y pierde la posibilidad de crear ese ejército de excursionistas de segundas y terceras lecturas que tan caros le son a la historia de los libros… Porque si algo debe quedar claro en este asunto de los LR, es que la primera lectura, o los crea o los inhibe para siempre. Ese pleito a perpetuidad que hallamos en la personalidad de “El chulla…”, donde unas ocasiones se superpone la voz de Domitila, su madre, y otras la de “Majestad y Pobreza”, su padre, y que constituye el componente fantástico más elocuente de la novela, sólo se compara a esa sutil dicotomía que se da entre el autor y el narrador –segunda fantasía- que es lo que permite la incubación y desarrollo de su buen gremio de exploradores confesos.