Querido Erwin
Aún está fresca tu voz en mis recuerdos más recientes y percibo más que nada tu entusiasmo por las cosas que te apasionaban. Un día, que dabas una conferencia sobre ciencia ficción, con toda naturalidad vestías el atuendo de tripulante insigne de la flota Star; otra ocasión me explicabas los alcances que tendría tu "Historia del Ecuador", y de qué manera estaría expresada a fin de que los chicos de nuestra secundaria se embarcaran en el ayer de esta tierra tan maltratada por sus gentes; ni qué decir de todo ese esfuerzo por mostrarnos los misterios del medioevo. No te seguí en todas Erwin, pero contigo se tenía la confianza cabal de que hicieres lo que hicieres estaría bien investigado, compendiado y expuesto, que las flechas de tu saber siempre darían en el blanco, que un oyente se convertiría ipso-facto en un replicante de tu dialéctica y de tu amor por todas las artes.
Sabes, siempre imagino a mis amigos más dilectos leyendo por encima de mi hombro lo que escribo. Hubo muchos textos que, en los últimos años, iban secretamente precedidos por tí, por lo que pudieras opinar, por lo que pudieras percibir como cursi y hasta ridículo, de modo que te convertí, ni más ni menos, que en una especie de corrector de pruebas inconsulto. Vas a seguir siéndolo por mucho tiempo, y supongo que para tus amigos y alumnos tu voz siempre será una guía querida y confiable.
Miguel Hernández lo dijo mejor: no hay extensión más grande que mi herida, lloro mi desventura en sus conjuntos, y siento más tu muerte que mi vida.
