Política ficción.
A propósito de la muerte de Guadalupe Larriva, todos debemos pronunciar su nombre con cariño y, resueltamente, imaginar las posibles causas de su lamentable desaparición. Espero que todos hayamos visto el programa dominical de Carlos Vera el día 28; ideal en resúmenes, argumentos y suspicacias para, de aquí en adelante, mantener la vigilancia ante cualquier engaño que pretendan hacer con su muerte los interesados de siempre.
Ágata planteaba el asunto de una muerte con impar soltura: ¿A quién beneficia esa muerte? Recuerdo que hace algunos años, durante la época de Alfonsín, un par de escritores plantearon como novela de política ficción la posibilidad de un magnicidio en la persona de Alfonsín. Aquello debió implicar un profundo conocimiento de la realidad argentina porque las descripciones de la nación post mortem eran de una plausibilidad notable. Un comentario bajado de la red a propósito de aquél texto dice lo siguiente: LA DESOLACION QUE CUNDE EN TODO EL PAIS DESPUES DE SU MUERTE IMAGINARIA, ESTAN DESCRIPTOS CON TANTA EFICIENCIA DRAMATICA Y TRANSMITEN UNA CARGA EMOCIONAL TAN CONVINCENTE , QUE ES IMPOSIBLE TODA CONFUSION SOBRE LA IDEOLOGIA DEMOCRATICA IM'PLICITA EN EL RELATO.
Todo eso ya acontece en el país, como también acontece el apuro “concluyente” con que la comisión de investigación del Congreso declara “accidental” al hecho. Uno de los miembros de esa tan sesuda comisión -el diputado Almeida- fue ejemplarmente denostado por los amigos y deudos de la ministra cuando compareció a los funerales. Pero en cuanto al malestar común, a la desolación generalizada, al consenso general, a la sospecha popular, es que fue un atentado. Otros más cautos dicen allí hay algo raro. Y entre lo raro y el atentado gira todo ese vacío general que ha dejado Guadalupe.
Volviendo a lo de Ágata, ¿a quién beneficia su muerte? ¿A las Fuerzas Armadas? ¿A la vencida y desesperada (no por eso menos sagaz y astuta) derecha ecuatoriana? ¿Al congreso, o los conspicuos honorables al servicio de su cacique privado?
En su orden: A las Fuerzas Armadas como tales, para nada. A pesar de su ambigüedad ideológica ante la democracia (compare la Junta militar de los 60 vs, la dictadura de Rodríguez Lara vs. los triunviros de mediados de los 70) su actitud no derivó en guerras sucias al estilo argentino. Claro que también ha sido la institución –como señala Vistazo-, que más condecoraciones ofrendó a Pinochet; lo que nos permitiría concluir el encono interior pero plural de sus miembros, unos más liberales y otros decididamente reaccionarios y, tal vez, hasta torturadores. Debido al carácter reservado de los actos castrenses, quién sabe qué “irregularidades” le habría tocado hallar a Guadalupe, de tal modo que su muerte fuese oportuna.
¿Qué hay de la derecha? A diferencia de la izquierda, dudo que exista la derecha. Es, como dice Rafael Correa refiriéndose al “mercado” o al “riesgo país”, un mito, una entelequia. Hay, eso sí, líderes con ideas que llegan al fascismo soterrado, pero fascismo al fin. Dado el carácter clientelar de nuestra política, varios de estos líderes han vivido con la idea de que son seguidos por esos vecinos conservadores, amablemente reaccionarios, cándidamente ignorantes y religiosamente tolerantes que nos rodean a millares. Estos serían incapaces de matar, como sí lo serían sus líderes que, muy sueltos de huesos, pregonan hasta cómo lo harían. A estos esa muerte no sólo les conviene sino que la desearon, y seguramente extienden sus deseos a medio gabinete ministerial, a algunos miembros de la Iglesia, de las fuerzas armadas, y a media sociedad civil.
Finalmente debo incluir en esta lista de beneficiarios a la mayoría congresil, cuya única finalidad es gobernar en lugar del gobernante. Había una caricatura de Gosciny (el creador de Asterix) que se titulaba “Iznogud –(is no good)-, el visir! Cuyo único objeto en la vida era ser califa en lugar del califa. Así son de caricaturescos los honorables.
Ahora bien, pasemos de los beneficiarios al cómo, que es lo que más nos interesa por el momento. Seguramente embrujado por los efectos de Holywood, se preguntarán cómo construir un accidente perfecto. Qué tal estos ingredientes:
-La protagonista, dispuesta a no arredrarse ante los desafíos va a Manta a ver las prácticas de sus subordinados;
-La tienen volando y volando en un hueveo casi perpetuo de tiros al blanco y cortesías sin cuento;
-Embarcan a unos, desembarcan a otros; por alguna razonable razón en los helicópteros asignados no vuelan los duros que están beatíficamente sobrevividos entre nosotros;
-No olvide usar naves sin caja negra, para evitar esas enojosas contradicciones entre testigos, y para no tener que invocar el sigilo ante la prensa por parte de los oficiales menores;
-Ya en vuelo, emitir una orden que la primera nave escuche y la segunda no. Por ejemplo: “por despegar avión en la pista “X”…” La grabación de la torre hará suponer a todos los analistas que la orden fue para ambas naves pero, a falta de cajas negras, qué fue realmente lo que oyó el piloto de una u otra nave. Puesto que las naves avanzaban a velocidad sincronizada, es la disminución de la velocidad del helicóptero delantero lo único que haría posible una colisión desde atrás… ¿Qué hizo disminuir la velocidad a esta nave?
En fin. Lo cierto es que, como lo ha hecho notar el Dr. Ayala, del partido socialista, la consigna de los altos mandos castrenses consiste en focalizar la responsabilidad de la muerte de Guadalupe en la propia Guadalupe. Demasiadas coincidencias históricas fueron planteadas en el programa de Carlos Vera como para hacer de sordos, mucho menos de mudos, y aun menos de mancos.
