LINCOLN, FUERZA VIVA
Naturalmente pienso en Joyce.
¡ADVERTENCIA! -no sea que sus giles mentes asuman que pienso en James Joyce, que es un JJ admirable, claro, pero no tan macanudo como el nuestro-: sólo por esta vez, cuando digo “Joyce”, me refiero a doña Joyce, fuerza vivaz del Guayas, en pleno afán educativo-globalizador, no faltaba más, de volvernos entendedores de sus pocas palabras. Y zas que nos manda a leer, vía espacio pagado en El universo, los aforismos de Lincoln… ¿Qué esperaban, giles, que hablara por interpósita boca de Montalvo, de Peralta, de Espejo, de Rocafuerte, o de Olmedo (que está en el hit parade de la “cultura” local, con aeropuerto y todo); ¿es que esperan hallar aforismos de Carrión, Cueva, Gonzáles Suárez, o de don Eloy en Google? Frío, frío. Con tanto gringo sabio para qué molestar a los aborígenes. Hasta hubiera esperado algo de las frases lapidarias y tan ocurrentes de don José María (“me precipité sobre las bayonetas”, por ejemplo) o de las sentencias de mi doctor Arosemena, qepd. Dios nos ampare, hasta hubiera comprendido –porque después de todo, acá en Guayaquil siempre fuimos medio masones y algo come curas- que invocara la patriarcal, apocalíptica, escarmentadora y reaccionaria estampa de don Gabriel García. Pero nones. Por último, si tan cristianamente se supone que debemos hacernos los giles (perdonando a los que nos ofendieron con el salvataje del 99) y vivir como giles (poniendo la mejilla antes que hacer relajo de palabra y obra) y dejar pasar las cosas como buenos giles, pues que hable entonces por boca del del Gólgota...
Ay, doña Joyce, lo que sucede es que el nazareno tiene, para su desgracia (suya de élla), un cariz tan antiglobalizante, que es preferible mantenerlo a distancia no sea que se nos subleve, y nos soliviante a los chiros, a los jubilados, a los informales, a los desempleados. Este hijo del hombre, como gran entendedor que es de la sapada artera de los sepulcros blanqueados, de esos que con gran alarde de competitividad facilitan el paso de un camello por el ojo de una aguja, es probable que sea quien interpele a doña Joyce y, con gran economía de palabras, le suelte eso de que “de la abundancia del corazón, habla la boca”.
Capaz que la gringa no entiende.
